domingo, octubre 09, 2005


CAPÍTULO II
ORÍGENES ROMANOS
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El Lacio.-Origen de Roma.-Las tribus étnicas.-Los Lúceres.
I
EL LACIO
Entre las regiones itálicas, la que descuella y sobresale por su importancia histórica es el Lacio, que quiere decir tierra de costa. En él tuvo origen y nacimiento la ciudad de Roma, que, constituída por su posición geográfica en baluarte respecto a la vecina Etruria, y en emporio a un tiempo de comercio fluvial y marítimo, puso fácilmente bajo su hegemonía las demás ciudades italianas, y formó con ellas el núcleo del Imperio latino, destinado a ser universal.
Tuvo el antiguo Lacio bien marcados y fijos sus confines al Norte y al Oeste. Los del Este y Mediodía aparecen con la oscilación que les presta el movimiento de la gente sabélica hacia la región latina. Llena está, en efecto, la tradición de Roma de las guerras por ella sostenidas desde sus primeros tiempos contra los volscos, que eran sus confinantes del Sur, y contra los sabinos y ecuos, sus vecinos orientales. Guerras durante las cuales estuvieron ambas fronteras sujetas a continuas variaciones, hasta que caídos aquellos pueblos en la dependencia romana, llegó el Lacio por el Mediodía hasta el Liri, y aún más allá de este río hasta Sinuesa. El nuevo territorio anexionado llevó el nombre de Latium Novum. En cambio, el límite septentrional quedó inmutable. El Tíber es a la vez confín geográfico y político; y si bien los dos pueblos latino y etrusco se tocan, y las dos regiones tienen sus respectivos baluartes en la orilla de su pertenencia, el Lacio en el Janículo y la Etruria en Fidenas, ambos, sin embargo, permanecieron extranjeros entre sí, como si una alta cadena de montañas, y no un pequeño río los separase: Trans Tiberim vendere significa para los latinos vender en tierra extraña, ya fuese en Etruria, ya en Galia, o en cualquier otro país.
Fue asimismo el Lacio una de las últimas regiones que, en medio de las revoluciones geológicas por la antigua Italia sufridas, consiguió ver formado el propio suelo. A lo que, evidentemente, dio lugar la configuración del valle del Tiber, casi paralelo al Apenino. Las aguas descendentes de la montaña, tuvieron por esta causa lento el curso, e interrumpido por las ondulaciones del terreno; y parte de ellas, no pudiendo abrirse salida al mar, quedaron estancadas en la comarca, unas como lagos, como pantanos otras, para cuya extinción habían de realizarse esfuerzos y obras colosales.
País de tal naturaleza no podía ser asiento de un pueblo inerte o perezoso. Porque, si bien disponía de aquel suelo feraz, estaba a la vez obligado a bonificarlo con el trabajo. Debían, pues, sus habitantes llegar a formar un pueblo agrícola; y como tal aparecen los latinos, en efecto, desde que figuran en la Historia. Aquellas primitivas aldeas, precursoras de los recintos murados que fueron a un tiempo iglesia y mercado, sitio de recreo y refugio; aquellos cantones, que fueron más tarde lazo urbano y social de familias aristocráticas, y que sirvieron de origen a la circunscripción romana y al apelativo de sus tribus rústicas (Galeria, Papiria, Veturia, etcétera); aquellas juntas o asambleas anuales de todo el pueblo sobre el monte Albano (feriae latinae) donde estaban la metrópoli (Alba Longa) y el templo nacional del Lacio (Júpiter Latiaris); los holocaustos que allí se ofrecían al dios de la patria, sacrificando un toro u ofreciendo otras reses, leche y queso: todo eso atestigua que los antiguos habitantes del Lacio fueron agricultores.
Hemos dicho que la llanura del Lacio presenta ciertas ondulaciones, que se agrupan aquí y allá, en colinas. No tienen estas, sin embargo, relación alguna con los montes calcáreos subapeninos, pues están formadas de materia volcánica y cubiertas de tierra vegetal. La más elevada de ellas es el monte Albano (Monte Cavo), el cual, por ser la montaña natural del Lacio, debía llegar a ser el centro político de la nación, apenas esta se organizase. Y también debía ser el monte Albano el primer sitio ocupado por los nuevos colonizadores; porque si la anterior formación del territorio lo destinaba a servir, como sirvió, de estancia a los primeros; su aire puro, sus frescos manantiales y, sobre todo, su feracidad y condiciones productivas, determinaban, confirmándola, la elección y preferencia de los segundos. Y la tradición nos transmite el recuerdo de esta común preferencia dada al monte Albano por unos y otros, presentándonos la ciudad de Alba Longa como capital y centro nacionales. Qué prerrogativas tuviese sucesivamente esta ciudad: si sus privilegios fueron puramente honoríficos, o si ejerció una verdadera hegemonía en el Lacio: sobre estas y otras cuestiones que se refieren al génesis de la federación latina, no se pueden asentar más que meras conjeturas o probabilidades, que los documentos históricos han dejado sin corroborar. El más antiguo de que se haga memoria entre estos, es el tratado que Roma y la Confederación estipularon en el año 261 (453 antes de Jesucristo). Él nos enseña que en aquel tiempo la nación latina comprendía treinta ciudades, y que era un cuerpo político independiente. Independencia que es, por esto, de presumir existiese también en el tiempo de la capitalidad de Alba Longa, a quien Roma sucedió en sus antiguos derechos. Y en este caso, el nombre metropolitano de aquella solo fue un título de honor, que no le confería privilegio hegemónico alguno.

El monte Cavo

2 comentarios:

El pibe Matias dijo...

muy bueno, el blog. lastima que lo dejaste.

Un saludo

Anónimo dijo...

ILUSTRATIVO, MUY ENRIQUECEDOR.
BRAVISIMO NIÑO