domingo, octubre 09, 2005

Prólogo

HISTORIA

D E R O M A

desde los orígenes itálicos hasta la caída del Imperio de Occidente

ORIGINAL DE

FRANCISCO BERTOLINI

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OBRA PREMIADA POR EL

CONSEJO SUPERIOR DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA DE ITALIA

versión española de

SALVADOR LÓPEZ GUIJARRO

Correcciones, mapas, fotos, pinturas y dibujos, agregados por TIBERIVS.

TOMO I


PRÓLOGO

I

El estudio de la historia romana tiene, entre todos, el privilegio de su necesidad general y perenne. La antigua Metrópoli del mundo no lo fue en vano: el espíritu, la cultura y la fuerza de aquella ciudad gigantesca, al extenderse por toda la tierra entonces conocida; al fundir en la suya todas las civilizaciones; al cambiar por el suyo todos los gobiernos; al borrar con la propia todas las nacionalidades; al crear, en fin, la ciudadanía universal, constituyeron un hecho único, que la antigüedad anterior no había presenciado, y que bien puede asegurarse no se ha de repetir nunca. Y a la poderosa causa debían responder sus consecuencias indelebles: ninguna grandeza posterior, ningún otro progreso ha podido borrar del mundo el recuerdo de aquella civilización, de aquel magnífico período de virilidad social; y el hombre moderno no ha dejado ni dejará de sentir, en el mismo seno de sus bienhechores adelantos, la necesidad de volver los ojos de su inteligencia hacia las enseñanzas de aquellos portentosos anales. Desde el punto de vista sociológico, nada nuevo ha pasado en veinte siglos, desde que Roma pasó. Las páginas de su historia serán por esto, mientras el hombre inteligente exista, su más sabia consejera.

Pero dentro del carácter universal de aquella absorbente dominación, bajo cuya influencia viven todavía, y vivirán las instituciones del mundo entero, está el especial y más importante de los caracteres de la grandeza de Roma, que fue el político. De la Roma política nació y se dedujo la Roma conquistadora, es decir, civilizadora; la verdadera, la imperecedera Roma. La civilización romana no tuvo por base, ni el sentimiento religioso de las primitivas culturas orientales, ni el espiritualismo artístico de Grecia. En religión y en artes, Roma no fue creadora, sino heredera, por más que, así su religión heredada, como sus imitaciones artísticas fuesen por ella mejoradas y fecundizadas al contacto de aquella magnitud cuyo sello llevaban todos sus movimientos y hechuras. Roma no fue ni una filosofía, ni un idealismo: fue un gran fenómeno de condensación social, que debía abrir el camino y trazar la pauta de las sociedades futuras: y por esto su vida política fue su vida esencial; y por esto nacen de sus luchas, de sus grandezas, de sus convulsiones, de sus mismas desgracias y miserias políticas, sus mayores glorias y sus más preciosos servicios históricos. De aquella política surgieron sus inmortales ciudadanos, sus reyes, sus cónsules, sus tribunos, sus emperadores; y con ellos sus leyes, y sus monumentos, y sus ejércitos, y sus heroísmos, y sus hechos maravillosos, y sus enormes crímenes, y sus ejemplos de todo género. Todo lo que no es la política romana, es accidental y secundario en su historia, por importante que sea: la historia de Roma es principalmente el gran tratado político para uso de todos los tiempos.

Pues bien: la obra cuya traducción ofrecemos es una Historia política de Roma, o mejor dicho, es la historia política de Roma, recomendada a su vez, y ante todo, por el importante privilegio de venir a ser también única en su especie. Esta historia, la mejor, la verdadera del romano poderío, no se había, en realidad, escrito hasta nuestros días. Porque no pueden llamarse así los anales de los antiguos escritores latinos y helénicos, a cuyos libros falta el sentido general de apreciación de toda aquella gran época, que no pudieron abarcar ni filosófica ni críticamente, cuyos relatos sólo se inspiraron en la observación de empresas y vicisitudes determinadas, y cuyas páginas, por notables y dignas de consulta que sean, nos ofrecen, además del grave obstáculo de las lenguas ya muertas en que se escribieron, el de no responder al criterio histórico, crítico y docente de nuestra actualidad. Los escritores modernos, comprendiendo en ellos desde las obras de los siglos medios hasta las de nuestros tiempos, o hicieron meros compendios de aplicación rudimental y especial, como ha pasado, en rigor, en España, o al ofrecer a su generación verdaderos tesoros sobre la materia, como lo ha hecho, entre otros, el insigne alemán Mommsen, puesto ya merecidamente a la cabeza de todos, hicieron obras sintéticas y generales, en las que no han podido, porque no han debido, dar la preferencia completa de sus lucubraciones, averiguaciones y relatos a la parte política, que es lo sustancia de la historia de Roma. Claro es que este importantísimo concepto resulta también en ellos historiado, por la fuerza misma de la índole del asunto; pero historiado y todo, se ve forzosamente envuelto, y con frecuencia eclipsado por la legislación, por el derecho, por el desarrollo artístico o económico, por la minuciosidad de la pintura de sitios y costumbres, por algo o por mucho que no es lo que fue el alma de la Roma que más importa, e importará siempre conocer; la política de todos y cada uno de sus grandes períodos.

Nuestro autor, el ilustre italiano Bertolini, ha escrito, pues, con su Historia de Roma, esa obra, tan necesaria como deseada, que el mundo literario acaba de acoger con unánime aplauso, y que ha sido juzgada como un verdadero acontecimiento. Las prensas de Alemania, Francia e Inglaterra producen hoy mismo, o preparan sus traducciones: el Consejo Superior de Instrucción Pública de Italia, premiando al laureado autor, se hace digno intérprete de la admiración general, y todos los centros de ilustración y todos los hombres de ciencia y de estudio se felicitan en presencia de esta primera historia política de la famosa ciudad, cuya ausencia era un deplorable vacío en las regiones del saber. En ella revive y palpita con toda su verdad y todo su interés moral, humano y dramático, la Roma trascendental, la Roma-gobierno, la Roma, por decirlo así, permanente, en cuyos hechos, transmitidos ahora por la pluma de un nuevo Tácito severo y elocuente, verificados por una erudición profunda, ordenados y relacionados por un criterio claro y metódico, se ofrece amplia materia de sana instrucción a todas las aficiones, a todas las clases, a todas las edades, a todos los que su profesión, o por su inclinación la necesiten o la busquen.

II

Bertolini divide su obra en trece capítulos, que más propiamente deberemos llamar partes del vasto plan de su relato. El primero comprende, en clarísimo resumen, la historia parcial de los primitivos pueblos de Italia. Es la época prehistórica de la gran península latina; son las estirpes itálicas, los yapigas, los italiotas, los etruscos, los elementos que, una vez condensada y determinada la brillante nebulosa de Roma, sufrieron los primeros la influencia de su atracción benéfica, y formaron con ella el gran núcleo, el gran centro luminoso de donde habían de partir y de irradiarse los fulgores de una civilización nueva, destinados a iluminar los más distantes y sombríos rincones del antiguo mundo social. El segundo describe ya más correcta y especialmente el movimiento de aquella iniciativa, de aquella preparación civilizadora en el Lacio, en la región italiana por excelencia, cuna de sus tribus étnicas, patria de los Lúceres, verdadero asiento de la que llegó a ser raza omnipotente. En el tercero se estudia con la Roma regia, con la idea de su unidad ya realizada y de su autoridad ya establecida, el primer período de aquella grandeza próxima a desbordarse por continentes, mares y desiertos. La Roma monárquica de Numa, de Hostilio, de Marcio, de los Tarquinos, con sus primeros códigos civiles y militares, sus primeras luchas de partido, su primer carácter religioso, sus primeros grandiosos monumentos de utilidad pública o de suntuosidad urbana, nos dispone a entrar en el magnífico período de la Roma de la libertad. Ábrese éste con el tercer capítulo, en cuyas páginas desfilan ante nuestros ojos los hechos culminantes de la Roma Consular, con su preámbulo dramático en la revolución famosa del año 244. Allí funciona ya, en la plenitud de su importancia, el gran Senado, que fue por tanto tiempo gobernador universal de las naciones, casa y patrimonio de una aristocracia tan patriótica, tan inteligente, tan activa. Allí nace luego su terrible rival, la plebe, el elemento político de abajo, el liberalismo que había al cabo de vencer y de imponerse en nombre de los intereses del mayor número. Allí surge su instrumento más poderoso, el Tribunado plebeyo; allí sus grandes representantes y mártires, los Coriolanos, los Casios; allí sus oligarcas, allí sus Fabios, sus Genucios, sus Publios; allí el Decenvirato con sus Valerios y Horacios; allí el Tribunado Consular, la Censura, la Pretura; allí, en fin, las conquistas legislativas que coronaron toda aquella etapa de progreso con la igualdad política de las dos principales ramas sociales. El capítulo V nos lleva a la Roma republicana, cuyo primer esfuerzo debió ser y fue el complemento de su hegemonía en Italia: la Etruria primero, que le ofreció raudales de cultura; la Galia luego, que fue el primer verdadero teatro de sus operaciones militares en grande escala; el Samnio después, la mayor resistencia opuesta a su necesidad unificadora, sirven respectivamente de objeto a la gran revista conmemorativa. Y desde allí, con la Roma verdadera, con la Roma señora de Italia, pasamos a la que había de ser Roma inmortal, a la Roma conquistadora del mundo.

Trátase de esta Roma desde el siguiente capítulo VI. La que fue su única émula terrible, la africana Cartago, con su coloso Aníbal; la última guerra galo-romana, que le abrió las puertas de Europa; las guerras de Oriente y de Hispania, aquél con sus reyes y caudillos acabando por recibir con agradecimiento la merced de la ciudadanía latina, ésta pidiendo en Numancia la breve tregua que necesitaron sus hijos para morir libres; las últimas guerras púnicas, y después de ellas la organización de los reinos y estados convertidos en departamentos, son el tema de sus interesantes páginas. En el capítulo VII aparece ya la Roma que empieza a expiar su poderío, la Roma de las guerras civiles, la sublime Roma de los Gracos y los Marios, y a la vez la Roma suicida de los Sulpicios y los Silas; los grandes genios y los grandes destructores, los vencedores de Yugurta y los infaustos caudillos de su demagogia sanguinaria; los dictadores, los Pompeyos, los Catilinas, los triunviros; Cicerón, César: todas las excelsitudes fecundas y todas las bajezas deletéreas que se comprenden en el período cuyo término fue el entronizamiento del gobierno personal. Sostiene éste la última lucha de su advenimiento con la rivalidad de los duunviros, que dio al fin el triunfo a Octaviano sobre Antonio, y con aquél al establecimiento de la monarquía, cuyos primeros engañadores pasos en el seno de la paz nos describe el capítulo VIII. En el IX hace el docto narrador un interesante alto, aprovechando el que hizo entonces el mundo con su reposo, y nos da a conocer en su esencia trascendental las costumbres y la cultura romanas, la vida de sus familias, el decaimiento de aquellas austeridades privadas que tantas veces se reflejaron en los actos solemnes del patriotismo, las leyes suntuarias que quisieron en vano ponerle tardío remedio, las Bacanales que fueron al cabo la explosión de tanta acumulada impureza. Prosigue luego en el capítulo X la Roma política su carrera: aquella gran contradicción que se llamó el Imperio republicano; Augusto, con su hábil pensamiento reparador, sus hombres ilustres y sus ingentes obras materiales; la crisis de la primera transmisión del poder al cruel Tiberio; el anuncio de la tempestad asoladora que se preparaba entre las razas bárbaras del Norte; la patética historia de Germánico; la demencia hecha gobierno en Calígula; el inútil buen deseo de Claudio, hecho abortar por sus miserables debilidades; la historia de Nerón el trágico, el incendiario, el parricida, el perseguidor del naciente Cristianismo; la guerra judaica, Galba, Otón, Vitelio: todas las figuras y todos los complejos acaecimientos de aquel período, palpitan allí. En el subsiguiente capítulo XI asistimos al desenvolvimiento del Imperio que quiso salvarse, del Imperio liberal de Vespasiano el estadista, de Tito el monumental, del mismo feroz Domiciano, de Nerva, del glorioso Trajano, del organizador Adriano, de Antonio el Piadoso, del pensador Marco Aurelio. En el XII está el Imperio militar, y con él la tiranía recrudecida de los Cómodos, Elvios y Didios, de los Severos batalladores, de los Caracallas fraticidas, de los Heliogábalos brutales, de los Alejandros y Domicios administradores; la anarquía militar con Maximino, las nuevas persecuciones de los cristianos con Decio, las nuevas guerras gálicas y germánicas con Valeriano, la última fase de la evolución imperial con Probo. Y en el XIII, en fin, el Imperio moribundo de Diocleciano, los Tetrarcas, el gran Constantino, la nueva idea redentora que había dejado entre los hombres el Nazareno divino, enseñoreada ya de las conciencias, y echando los cimientos del mundo moral del porvenir. La misión de Roma estaba cumplida; su espíritu nada podía hacer ya en una sociedad colocada sobre bases que no eran las suyas; y el período de su agonía que cierran los Julianos apóstatas, los Valentinianos que luchan vanamente contra la barbarie armada, los Gracianos, Teodosios y Máximos, es el epílogo del inmenso drama.

III

Cuando se acaba de leer este libro, esta historia de Roma, el ánimo suspenso parece sentir los graves efectos de un sabrosísimo cansancio; bien así como el viajero que vuelve de una interesante, larga travesía, siente el placer del reposo y la necesidad de saborear en él sus inextinguibles recuerdos. Hállase la memoria agobiada por un cúmulo de emociones conmovedoras, de cuadros luminosos, de espectáculos horribles, de enseñanzas consoladoras, de tristes lecciones, de panoramas ya rientes, ya sombríos. Todos los efectos más poderosos, nobles y vivos del espíritu salen despiertos y agitados de la lectura de esas sublimes páginas. Diríase una historia de colosos, escrita por un Miguel Ángel literario. Parece como que venimos de asistir a un combate de gigantes, cuyos magníficos estrépitos, cuyos clamoreos atronadores, cuyos gritos triunfales y cuyos ayes amarguísimos zumban aún en nuestros oídos. ¡Qué teatro, qué escenas, qué caracteres, qué heroísmos, qué crímenes, qué conquistas, qué caídas, qué progresos, qué pasiones, qué empresas, qué epopeya doce veces secular! La reflexión la resume rindiéndose fácilmente a la evidencia de que aquello ha sido el mayor esfuerzo vital hecho por la Humanidad en el tiempo.

En efecto: ese carácter de lo grande, en todos sus múltiples sentidos positivos y negativos, morales y materiales, constituye el aspecto sintético de esa historia, de ese gran período humano. Todo es grande en su movimiento: conjuntos y detalles, causas y resultados. Cuando el mundo inteligente ha visto luego, no puede sufrir la comparación sin acusar su pequeñez relativa. Es imposible elegir en sus episodios, en sus pormenores, en sus aspectos y ramos parciales, uno solo en que no resalte ese sello trascendental, ese alto nivel, producto de una gran fuerza igualmente poderosa en sus hechuras buenas y malas, honrosas y vergonzosas, bienhechoras e inicuas. El pensamiento discurre por ellas de sorpresa en sorpresa, de admiración en admiración, como a través de un gran país fantástico; y en vano pliega sus alas en sitio alguno, esperando dar en su seno tregua a su asombro: la excursión lo condena a estupor perpetuo.

Tal como la inteligencia de nuestros días comprende y analiza la Historia, el desarrollo social, la marcha de gobierno y gobernados, el origen y advenimiento de instituciones, mejoras, actos y cosas concurrentes a los triunfos más o menos trabajosos del progreso como idea y verdad absoluta, el estudio de la grandeza romana responde siempre, en todas sus fases, en todos sus pormenores, a esa condición de magnitud avasalladora. En la historia de Roma hay un pensamiento predominante: su ciudadanía, su nacionalidad, su supremacía omnímoda. Sobre este pensamiento gira toda ella; todas sus épocas lo guardan y lo sirven. La Roma primitiva le obedece hasta en sus leyendas, hasta en sus mitos originarios. Apenas se ve constituida como ciudad, sale con él de sus muros y colinas a ser Italia primero, Europa luego, mundo más tarde. Ese pensamiento llega con sus siglos de oro a constituir el mejor premio de su dominación: desde el individuo a la ciudad, y desde la familia a la provincia, el llegar a ser ciudadano romano constituye el fondo de la ambición universal. Roma no venía a ser una grandeza aislada y parcial: Roma venía a unificar los pueblos, a ser la grandeza de todos, y para esto necesitaba ser la primera en sentir la importancia d su misión, dar un valor inmenso a su contacto, a su idea matriz, a su protectora cultura. Y su cultura fue para esto ayudada por el gran espíritu de asimilación que observa Montesquieu al estudiarla: todo lo bueno, todo lo útil, todo lo bienhechor que aquella gran fuerza innovadora encontró en sus expansiones, en su camino, fue por ella aceptado, y complementado: su poderío se acreció con el concurso de cuantos halló a su paso, de cuantos fueron a su seno como van los ríos al mar.

Descendiendo de esa idea grande de la misión romana a cualquiera de sus épocas y de sus aspectos de aplicación, vemos siempre a éstos fieles a su origen. Sus reyes, sus Tarquinos le traen los refinamientos etruscos, realizan su unidad religiosa vencedora del fetichismo, le alzan sus primeros monumentos, magnifican el arte oriental y griego con el arco y la bóveda. Sus cónsules y su república le someten el continente, el África, el Asia, le dan sus leyes inmortales, sus grandes capitanes, sus patriotas modelos, su organización política, administrativa y militar. En la misma serie de sus emperadores, donde alternan los monstruos; en aquel último esfuerzo de una civilización ya sin alma, ya caduca y postrada, la grandeza romana irradia sus postreros fulgores: Vespasiano es la imitación de Augusto; Tito no se reconoce otra misión que la de hacer el bien; Nerva sueña con un Imperio benéfico; Trajano, según Plinio, da la espada al Prefecto del Pretorio, para que la esgrima contra él si llega a merecerlo; y Adriano el organizador, Marco Aurelio el estoico, Alejandro Severo con su divisa humanitaria y cristiana, son las últimas palpitaciones de la esencial aspiración de Roma a fundir el mundo en su propio espíritu: hasta que al fin muere con esa aspiración misma, ya impotente y vencida con Mayoriano, aquella Roma, aquella grandeza sin precedentes y sin herederos.

Roma, pues, fue ante todo y sobre todo, una inmensa energía social: necesitó serlo para cumplir sus destinos; no los hubiera cumplido de otro modo. ¿Cómo hubiera luchado no siéndolo, con enemigos como Aníbal, como Pirro, como Antíoco, como Viriato, como Vercingetorix, como Breno, como Marbod? De ese sentimiento orgánico, por decirlo así, de su índole nacional, se derivaron sus más famosos caracteres individuales, sus más notables episodios históricos de todo género. Ese sentimiento es el que vemos en aquel Senado primitivo que espera en sus asientos a los bárbaros y a la muerte, o que hace confesar a los enviados de sus contrarios que tenía la majestad de una reunión de reyes. Por ese sentimiento fue la Roma guerrera, la Roma de aquellas legiones que, como dice Duruy, arrebataron durante siglos su nombre a la victoria. Sus conquistas acusan principalmente esa fortaleza de la raza, y relegan a segundo término la riqueza, el oro, ese otro nervio del poderío militar, cuya injusta apoteosis combate, con el ejemplo romano a la vista, el profundo Maquiavelo. De esa perdurable energía nos hablan hasta sus prodigalidades administrativas, sus repartos gratuitos de trigo entre el pueblo, las suspensiones de sus tributos sustituidos, por décadas enteras, con los tesoros ganados en la guerra, sus donativos en dinero, sus distribuciones de tierras, es decir, de fortunas, entre aquella soldadesca, agente primero de sus glorias, y más tarde del pretorianismo que presidió a su decadencia. De ese vigor constitutivo en arranques y sentimientos, nos hablan hasta sus mismas tristezas: Escipión lloró con él las lágrimas de un vaticinio patriótico ante las ruinas de Cartago. Nos hablan hasta sus mismos abusos centralizadores: la Roma de la gran propiedad tuvo al África poseída por seis únicos propietarios. Nos hablan hasta sus supersticiones: sus magistrados consultaban en ciertas crisis el aspecto del cielo, y disolvían sus comicios con auxilio de las amenazas atmosféricas. Nos hablan hasta las mismas astucias de su orgullo: -id, Quirites-, dijo César a los soldados al despedirlos al pie del trono imperial adonde se disponía a subir sin obstáculo. Nos hablan hasta sus mismas injusticias: los nombres de los arquitectos del Panteón, de los acueductos, de los templos, quedaron sin constar: Roma no quiso delegar sus méritos de autora. Nos hablan hasta sus misma perfidias: sus infidelidades en los pactos, sus traidores ardides de guerra, sus crueldades hipócritas para con los vencidos, invocaban como suprema disculpa la razón de Estado, la maiestatem populi, ante la cual había que sacrificar, si era preciso, toda ley humana y divina. Cuando ya, en fin, no le quedó conquista que hacer; cuando ya entregó sus entrañas al buitre de la corrupción cuyos elementos había recogido en todas partes, no fue ella sola la corrompida: el mundo entero lo estaba tanto o más que ella; no fue ella sola la enervada; el Occidente cansado, el Oriente sibarítico, el Asia silenciosa, el África arrasada, presenciaron inmóviles, durante dos centurias, las infamias y las vergüenzas que predominaron en la época imperial. Su abyección tuvo también una fuerza universal; los cien millones de súbditos esparcidos en los continentes hechos provincias, la sufrieron sin esperanza y sin deseo de curación.

Pues bien: el primer instrumento, el más eficaz, el más memorable, el más activo, el invariable de aquella fuerza inmensa, de aquella energía histórica, fue, sin disputa, la política, creadora de sus creaciones, secreto de sus inmortalidades. Toda aquella dominación, que ha dado al mundo la pauta de tantas grandezas, los principios diamantinos del derecho, las fórmulas, en el fondo inmutables, de la organización social, fue regida y dirigida por la política. Todo aquel ambiente de patriotismo, de egoísmo civilizador, de entusiasmo colectivo, de heroísmos insuperables y de faltas que no han de olvidarse, se formó al calor de aquella idea gubernativa que romanizó al mundo. La historia política de Roma es la escuela perpetua del hombre de Estado: y este libro es esa historia.

S. LÓPEZ GUIJARRO.

1 comentario:

Temur dijo...

Graccia,di mappa Etruriria.Belle
for reed Tit Libius "Roman History"